"Si viajar fuera gratis, nadie en el mundo me pararía lo pies"- me dijo Dulce ayer por la noche mientras me contaba su viaje por Colombia, justo cuando aquí en España el reloj daba las 2 de la madrugada y yo me metía en la cama. Buen pretexto para soñar con caminos por recorrer, pensé yo.
Nos conocimos en Montreal, compartimos el frío y las ganas de viajar. La misma curiosidad de ojos insaciables por conocer. Ese amor por culturas desconocidas, por las diferencias que nos hacen más ricos y los idiomas que nos acaban conectando, de cierta forma, aunque no única. El compartir pasiones es lo que de verdad une a la gente. Por eso, pese a los kilómetros, nos seguimos contando nuestras historias y en el horizonte nos espera una aventura juntas, ojalá.
Quien me conozca bien sabrá que cualquier excusa es buena para montar un viaje, para llenar una mochila y que cualquier momento es bueno para subirse rumbo a ninguna parte. Yo vine a la vida siendo viaje. Me enseñaron a escuchar para después poder hablar. A preguntar no sin antes buscar.
Una escapada a tiempo es mi mejor medicina. El cambio de aires me cura las heridas como lo hace el agua de mar.
Me gusta pensar que cada uno tiene su forma de ser feliz. A mi me gusta vivir así. Ojo, sin dejar de ser y existir y crear y sentir. No me encierro en recuerdos ni vivo colgada de un globo a 200 metros del suelo. Sin embargo, disfruto de la nostalgia que me producen ciertos recuerdos. Sonrío cuando un olor se cruza por mi camino y me lleva a un momento pasado, me sonrojo con lo bonita, lo feliz y viva que me veo en fotos pasadas y me río mucho de cómo/qué pude llegar a hacer o decir.
Mi motor es el ansia de movimiento, la necesidad de cambios, la curiosidad que me picó al nacer y las respuestas que encontraré (o las preguntas que me llevaré).
Mi gasolina, el próximo viaje.
Alice
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