Teresa tenía 17 años cuando la conocí. Yo tenía 15 y era la primera vez que ponía mis pies en la tierra rojiza del África subsahariana. Fue en Badian, un ecocampamento solidario a orillas de río Gambia, construido por la ONG Campamentos solidarios con la que tuve la oportunidad de viajar a Senegal por primera vez.
Aquello fue una etapa más de nuestro viaje y sin duda mi favorita. Allí conocí a Mamadou y a Teresa. Aún recuerdo como nos recibió toda la comunidad. Nos organizaron una fiesta. Llegamos de noche, agotados del trayecto lleno de baches y todos bailaban. Había pocas luces y mucha música. Ah, y mucha comida también. Nos sacaron a bailar. A mi a la fuerza. ¡No sabéis qué bien bailan! Todos, absolutamente todos. Al principio uno se siente intimidado, pero es tanta la energía que transmiten que en seguida te contagian y tu cuerpo responde como reflejo.
| de izquierda a derecha: Teresa, yo y una de las amigas de Teresa |
La mañana siguiente estaba en mi cabaña dándome una ducha. Salí envuelta en mi toalla, ya empapada en sudor. Hacía un calor horrible. Parece que fue ayer. Teresa estaba barriendo la cabaña y tirando la basura cuando yo salía de la ducha y nos encontramos por primera vez. Me pegué un susto de muerte y ella se rió a carcajada limpia. Nos cruzamos un hola muy tímido. Me hizo gracia que no se fuera para dejar que me cambiase. Esperé un momento y aproveché para preguntarle cómo se llamaba. Teresa, me respondió. Hablaba bien francés. Al ver que no se iba decidí vestirme allí mismo. Ella seguía recogiendo y cuando acabó me dijo un adiós alicia aún más tímido, pero con una sonrisa y unos ojos brillantes.
No recuerdo exactamente cuántos días estuvimos en Badian. Diría que sólo fueron 4. Aún así para mí fue la mejor parte del viaje. Hablaba con Teresa todo el día. Me escuchaba y la escuchaba. Nos reíamos y me hablaba de su sueño: llegar a Europa. Qué triste pensé al oírlo por primera vez. Ella lo tenía claro. Parece que allí los jóvenes nacen con las ganas de irse de África escrito en sus venas. Ojalá la fuga de cerebros cambie. Ojalá de verdad lo haga.
Teresa y yo reíamos, bailábamos. Le regalé ropa. Aún recuerdo una de las noches. Nos invitaron a la fiesta de un poblado, no muy lejos de Badian. Decidimos ir todos andando. Debían ser 3 kilómetros más o menos. Bailamos, comimos, reímos y se nos hizo de noche. Tuvimos que andar esos 3 kilómetros con la poca luz que daba la luna. Yo iba con Teresa que llevaba a caballito a Alvarito, que debía estar en su quinto sueño. "Como venga un león..." - le dije a Teresa. Ella se rió de mí y no sé qué debió rondarle la cabeza pero seguro que algo parecido a : estos europeos...
No hacen falta palabras para forjar una amistad, sólo sonrisas y miradas. Quizás penséis que exagero, pero en aquellos días sentí una conexión increíble. Algo difícil de explicar con palabras.
La última noche estuve con las amigas de Teresa en la cocina. Ellas trabajaban allí. Hacían la comida, limpiaban las cabañas e iban al pueblo a hacer la compra. Estuvimos en la cocina haciéndonos mil fotos con el temporizador. Lo pasamos fenomenal.
Al día siguiente Teresa se acercó y me regaló su pulsera. No sólo era una pulsera, sino que eran todos sus ahorros. Para mí fue un gesto mágico y desde aquel día no me quito la pulsera. nunca. Lleva siete años en mi muñeca. A veces en mitad de cualquier sitio, me tocó la pulsera con la mano izquierda, rápido y asustada pensando que la he perdido. Llevo un trocito de Teresa en mi muñeca todos los días de mi vida y os puedo asegurar que es lo que me da la energía para conseguir, pasito a pasito, mis sueños. Con esa pulsera ella y yo hicimos una promesa: "volveré a Senegal". Dos años después volví pero no la pude contactar. Espero que más pronto que tarde pueda cumplir esa promesa, la de verla.
| Teresa y yo en la fiesta del poblado, el día que se nos hizo de noche |
Quizás esta historia no la hubiera contado igual hace unos años pero así la recuerdo ahora. Llena de amor y amistad.
"¡Estamos vivos de milagro!" - decía siempre Miguel.
Alice
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