lunes, 15 de octubre de 2012


Hace casi treinta días viajé al futuro y perdí dos días.  Quizás no deba decir que los perdí porque fueron dos días realmente importantes; dos días repletos de cambios, de pensamientos y de sentimientos. Dos días conmigo misma y mil extraños a mi alrededor. En esos dos días pensé en todo lo que me se me venía encima, en este viaje y en esas primeras impresiones y adaptaciones que siempre me hacen mucha gracia. Pensé en la gente que conocería pero sin lugar a duda, pensé sobre todo en todo aquello que dejaba atrás. Me entristecí porque sabía que dejaba atrás a esa clase de gente que puedes contar con los dedos, a esos que están ahí siempre y que pueden abandonar sus planes por compartir una botella de vino y tus penas. Y pensé que sus vidas avanzarían  igual que la mía lo haría. Y yo no sé qué puta manía tenemos todos al pensar que cuando no estás con alguien, ese alguien sigue igual. Y perdón por generalizar pero eso es lo que yo siempre pienso. No sé por qué se me metió en la cabeza que las vidas de las otras personas se congelaban cuando tú dejabas de estar con ellos. El caso es que se me hizo difícil marcharme cuando todo iba tan bien por Madrid, pero como dicen lo mucho cansa y lo poco gusta.
Así que ahí estaba, a las cinco de la mañana como un reloj en el aeropuerto de Barajas esperando al avión que me trasladaría de una realidad a otra. Y es que realmente esos días no fueron más que un mero tránsito, algo necesario cuando se pone tanta tierra de por medio, y no hablo de algo físico y obvio sino más bien de algo psíquico y mental. Necesitaba ver como pasaban los kilómetros por la ventanilla del avión y cómo el sol se burlaba de mí haciéndome perder por completo la noción del tiempo. Y la verdad es que pese a ver pasar las nubes y pese a poder decir que he atravesado el mundo, aún no noto los kilómetros sobre mi piel, aún no me ubico en un mapa del mundo, aún no. Y es que ojalá la distancia sólo fueran kilómetros... Si sólo fuera eso...
Aterricé en una ciudad que no conocía mi nombre y de la cual yo desconocía hasta su norte. El frío me dio la bienvenida, y yo se la di a los chocolates calientes. Poco a poco nos fuimos conociendo, y acabé aprendiendo un sin fin de cosas. Aprendí que hay gente que no tiene sueños, que las aspiraciones no son cosas de todos y que lo que para mí es básico a otros aburre y cansa. Aprendí que no es bueno confiar rápido, y que el tiempo no tiene frenos. Es puro oro. Aprendí que el decorado es lo de menos, y que lo importante son las personas. Al fin y al cabo el decorado no es más que una herramienta, que ayuda pero no hace todo. Y es que no sabes lo que es sentir las lágrimas a flor de piel y no poder compartirlas porque te falta confianza. Porque lo que tampoco sabes es lo que es coger el móvil y no saber a quien llamar porque al otro lado del planeta ya todos duermes. Es que no sabes lo que es despertarte y sentir que tu todo, incluso tu yo interior esté lejos, esté a 20 mil kilómetros de distancia. No sabes lo que es caerse de un precipicio y que no haya nadie para darte la mano, porque tampoco sabes lo mucho que se echa de menos tener esa mano que vive contigo, ese alma que te sigue aunque quieras atravesar montañas una noche de sábado, esa persona que está siempre a menos de dos minutos de tus pensamientos. Y es que echo de menos tantas y tantas cosas. Sensaciones y sentimientos, olores y ciudades. Los bocatas de jamón Serrano, los paseos frente al mar, Barcelona, sus calles, los gritos de una madre, el hermano gruñón, el perro feliz, los abrazos de un padre... Daría cualquier cosa por pasar un día comiendo tortilla de patatas de la abuela, con un poco de gazpacho de papá y un buen jamón serrano bien cortadito y alejado del ladrón Mario, mientras Creta me mira con ansias y mis amigos me achuchan... Pero dime, ¿y si nunca nos diésemos la oportunidad de echar de menos?  ¿En qué nos convertiríamos? Yo creo que dejaría de tener claras muchas cosas... Eso seguro.
Otra cosa que he aprendido estos días, es que la gente está completamente desesperada por sentir algo, estamos todos al borde de un ataque de nervios. Y yo no sé si es la lluvia, los aires del hemisferio sur, la época o que esto es nuestra propia guerra a nivel sentimental. Sólo sé que la gente está atacada por poder sentir, que están muertos de hambre de sentimientos y buscan besos hasta en las basuras, que sólo quieren sentir un ápice de vértigo en el estómago, el nerviosismo de una mano caliente en tu cuerpo, o los buenos días de un desayuno en la cama. Esto es una verdadera crisis emocional a nivel mundial y es que todos queremos que nos quieran, por eso creemos que sentimos cuando sólo nos engañamos a nosotros mismos deseando sentir de verdad. Creamos ilusiones que, al final, ni nosotros mismos nos las creemos. En realidad el gran problema es que ni siquiera sabemos lo que queremos y nos movemos de unos brazos a otros empujados por puros celos y puro ego. Pero de amor, no sabemos NADA.
Y es que durante este tiempo, aprendí que pese a muchas crisis emocionales que haya la vida seguirá hecha del mismo material del hombre. Así que tira y afloja, en eso consiste. Aprende a vivir, hazlo bien. Sé feliz, eso siempre. Y quiérete, para empezar.
Bienvenidos a la otra punta del mundo, a la cuna de las culturas, al mismísimo culo del mundo, a las mismísimas antípodas. Bienvenidos a Nueva Zelanda.

1 comentario:

M. dijo...

Si te digo la verdad, me siento encerrada en una ciudad pequeña y tengo la esperanza de lograr marcharme de aquí cuanto antes, echar de menos, caerme, aprender y decidir por mi misma mi vida. En cuánto al amor, nunca supe lo que es, y ahora que lo tengo al alcance de los dedos, yo misma pienso que no se apreciarlo. La gente está falta de besos, pero no besos por llamarlos así, besos de verdad, con sentimiento, los de las maripositas.

M.
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