lunes, 23 de abril de 2012

Madrid por un día


A veces mi lengua necesita soltar palabras envenenadas. Hoy no ha podido soltarlas, no lo ha conseguido. Se han quedado presas ante unos ojos que ya no gustan. Se me han gastado los sentimientos, y eso que yo pensé que eso nunca ocurría, por ello he decido transformar en amor todo mi odio. Y borrar para después poder empezar. He decidido escribirte a ti, y este es el resultado de todo mi veneno acumulado.

Te tendría todos los días en mi cama, pero en mi cama de Barcelona, en la pequeña. Allí no habría mentiras, no caben. Allí estaríamos tú y yo, rozándonos y dándonos calor. Estaríamos de noche y de día. Bailaríamos en los dos únicos metros cuadrados de mi cuarto que son realmente transitables. Y aprenderíamos a volar. Qué digo, poco a poco, no quiero que acabemos por aterrizar sin despegar como siempre me pasa, contigo no. No. Esta vez pretendo subir las escaleras de uno en uno, vigilando bien no tropezar con el anterior. No miraré hacia arriba, es necesario disfrutar de cada uno de los escalones. Lo prometo.
Dormirías allí conmigo sin ningún tipo de contrato. Los besos no serían más que firmas en el viento, y las promesas pequeñas letras que al final siempre se acaban cumpliendo. Te dejaría el lado izquierdo del colchón, no soportaría pensar que puedo caerme por el precipicio en algún momento y dejar de estar junto a ti. Nos rifaríamos el edredón en una lucha continua cada noche. Nunca habría un perdedor, sólo un ganador que arroparía al otro. Y tú estarías allí, a la izquierda. Para eso estarías tú allí. Fuerte. Imponente. Cariñoso. Para no dejarme caer. Dormirías al borde del abismo y cada noche te asomarías a aquella cosa inmensa tan incomprensible en su enorme totalidad. Incógnita de sus propios pensamientos. Te asomarías sin caer, y yo por miedo, te cogería fuerte del brazo y nos quedaríamos mil años abrazados.


1 comentario:

clara dijo...

Wow...
no entiendo nada, pero WOW.