domingo, 18 de marzo de 2012

"y en tus ojos se me enreda la vida" - Alicia Rosales



Necesitaba una vuelta en autobús y no un vuelo que dura cincuenta y cinco minutos. Necesitaba un largo tiempo para pasar de una realidad a otra. Ver la carretera pasar, irse y borrarse a su paso por la ruedas del autobús dirección a la ciudad condal. Quería sentir la distancia, y ver cómo pasan, delante de mis ojos (más apagados que antes), esos casi quinientos kilómetros que me separan de la capital. Olvidar que a veces las cosas están cerca, que las cosas han cambiado y que el viajar ya no es una cuestión de aventureros. Bueno, la verdad es que no buscaba retar a la tecnología y convertirme en una chica de una época casi extinta, sólo quería echar mano a mi inmenso arsenal de recuerdos. Quería navegar por aquellos días lluviosos y aquellas tardes del principio del verano del año pasado, hilvanando en cada parada las vivencias que cayeron en el olvido o en este cajón ya oxidado. Tener tiempo para poder pensar y sobre todo para buscar respuestas (sí ahora creo en los porqués, pero sólo en algunos).


Os diré que volví a recorrerme la gran vía de arriba a abajo y que volvió a sonar Angus & Julia Stone y que era de noche, y también que el teléfono no sonó. Os diré que fue igual que siempre.

Pero como todo es como siempre, y como siempre es eterno en lo que dure la palabra eterno pues voy a dejar de cansaros con los siempre y a contaros una conversación que tuve con mi profesor a cerca del amor. (sí, ese querido amigo nuestro). Estuvimos hablando del amor como forma de demostrar a una persona que la queremos. Y me dijo "Plus on aime, plus on mange". Seguramente os suene ridículo pero el amor no se resume más que a la comida. Cuando quieres demostrarle a alguien que le aprecias, que le quieres, que te gusta (como la comida), que siente algo hacia ti (dilo como quieras), ¿qué haces? Le besas. Le muerdes. Le agarras. Le posees. Le tienes. Canibalismo. Fagocitosis. En eso se resume el amor... en comer. Y cuando no besamos sus labios, atacamos su cuello. Y lo mordemos, lo besamos con los labios húmedos, le retorcemos a cosquillas con simples mordiscos de orejas, les abrazamos fuerte y fuerte y le besamos cada parte de su cuerpo. Vampiros. Y, ¿qué me dices de los animales? Es exactamente lo mismo. Hablemos de los insectos por ejemplo. Ellos intercambian comida como marca de aprecio, ellos tienen un estómago social, y cuando conocen a alguien importante, su metabolismo responde de tal forma que el insecto es capaz de devolver comida para regalarsela a su amada o amado. El amor es un intercambio de comida, un simple acto social. Entonces ¿es eso el amor? Fue una de las conversaciones menos poéticas que he tenido nunca. El profesor es todo un romántico, no cabe duda.
¿¿¿¿Un acto social????

En fin, ahí queda, como una simple reflexión. Como otra entre tantas que no escribiré jamás.

Podría hablar de dos ciudades como habla de su pareja una recién enamorada. Contarte que las luces, estén dónde estén, me siguen provocando miles de sentimientos a la vez. Explicarte que la mejor forma de olvidar a un hombre es convertirlo en literatura y que yo te convertiré en poesía si es necesario. Y decirte que los huracanes de sentimientos me siguen dando sorpresas como tú y todos tus movimientos.

Si nos paramos a pensar por un momento, todo es igual. Igual que hace unos meses. Viajaste a la luna, pero las calles suenan igual que siempre, mis piernas están igual de nerviosas y agitadas que siempre con ganas de moverse a todos los lados, la música es la misma, y la pelota sigue rebotando contra la pared, una y otra vez. Te diré que aquel chico que convertí en literatura y que seguiré convirtiendo hasta dejar de creer en él como persona real se queda aquí. En las letras mal puestas y las frases mal puntuadas. Entre la tinta de mi pluma y los sueños emborronados en el taco de servilletas. Se queda aquí. Los demás, están fuera. En lo real.



la petite fille de ses rêves, 
alice

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